Violencia en las escuelas

 La violencia en las escuelas no es un fenómeno nuevo, pero en la actualidad ha adquirido características distintas que la hacen especialmente preocupante. Hoy, las agresiones entre estudiantes no solo ocurren en el espacio físico, sino que con frecuencia son grabadas y difundidas en redes sociales, transformando un acto de violencia en un evento público que se reproduce, se observa y se consume. Este cambio ha modificado profundamente la naturaleza del daño psicológico, ya que la agresión deja de ser un evento limitado en el tiempo y se convierte en una experiencia que puede repetirse simbólicamente cada vez que el video es visualizado o compartido.

Es común que estos hechos sean minimizados bajo la idea de que se trata simplemente de “peleas entre compañeros”, como si fueran una parte normal del desarrollo. Sin embargo, desde la psicología forense, es fundamental comprender que la violencia implica una intención de someter, dañar o humillar a otro, y no siempre ocurre entre iguales. En muchos casos existe una clara asimetría de poder, que puede ser física, psicológica o social. La agresión no solo cumple la función de descargar una emoción, sino que puede convertirse en una herramienta para obtener reconocimiento, dominio o posicionamiento dentro del grupo.

La presencia de observadores es un elemento clave en estos eventos, y su conducta resulta especialmente significativa. En lugar de intervenir o buscar ayuda, muchos estudiantes optan por grabar la agresión. Este comportamiento no es neutral. Desde el punto de vista psicológico, grabar una agresión implica un proceso de distanciamiento emocional que permite al observador colocarse en una posición de espectador en lugar de empatizar con la víctima. Este fenómeno se relaciona con la desensibilización a la violencia, producto de la exposición constante a contenidos agresivos en medios digitales, lo que reduce la reacción emocional ante el sufrimiento ajeno.

Asimismo, el acto de grabar puede responder a la necesidad de pertenencia social. En la adolescencia, el grupo cumple una función central en la construcción de la identidad, y los individuos tienden a alinearse con las conductas que les permiten evitar el rechazo. Grabar y compartir el video puede percibirse como una forma de integrarse al grupo dominante, evitando convertirse en la próxima víctima. De igual manera, la estructura de las redes sociales refuerza este comportamiento a través de recompensas inmediatas, como visualizaciones, comentarios y reacciones, que otorgan al observador una forma de validación social.

En este contexto, la violencia deja de ser únicamente un acto entre dos personas y se convierte en un evento social. El agresor no solo interactúa con la víctima, sino también con una audiencia real o potencial. La posibilidad de ser observado y reconocido puede reforzar la conducta agresiva, especialmente en una etapa de la vida en la que la validación externa tiene un peso significativo. La agresión puede convertirse en un medio para construir una identidad basada en el dominio, el control o la intimidación, particularmente en entornos donde estas conductas no son sancionadas de forma clara.

Para la víctima, las consecuencias psicológicas pueden ser profundas y duraderas. La experiencia de ser agredido no solo implica el daño físico o emocional inmediato, sino también una alteración en la percepción de seguridad, en la autoestima y en la confianza hacia los demás. Cuando el evento es grabado y difundido, el impacto se intensifica. La víctima no solo enfrenta la agresión, sino también la exposición pública de su vulnerabilidad. La difusión del video puede generar sentimientos de vergüenza, humillación, ansiedad y aislamiento, así como síntomas asociados al trauma psicológico, como hipervigilancia, evitación o recuerdos intrusivos.

Desde la perspectiva forense, este elemento es especialmente relevante, ya que la permanencia del evento en el entorno digital puede contribuir a la cronificación del daño psicológico. Cada visualización representa una forma de revictimización simbólica, en la que la persona revive el evento o sus consecuencias emocionales. La agresión deja de ser un hecho que ocurrió en el pasado y se convierte en una experiencia que permanece activa en el presente.

Por otra parte, el agresor también puede presentar indicadores de riesgo psicológico. La conducta violenta en menores y adolescentes no surge de manera aislada, sino que suele estar vinculada a dificultades en la regulación emocional, exposición previa a entornos violentos, inseguridad o necesidad de control. Sin intervención, estas conductas pueden consolidarse como estrategias habituales de relación, aumentando el riesgo de comportamientos antisociales en el futuro.

Las redes sociales han amplificado la violencia escolar de una manera sin precedentes. Antes, el evento terminaba cuando la agresión concluía. Hoy, el contenido puede permanecer indefinidamente, ser compartido múltiples veces y alcanzar audiencias que trascienden el entorno inmediato. Esto modifica la naturaleza del daño, ya que la víctima no solo enfrenta la agresión original, sino también la pérdida de control sobre su propia imagen y narrativa.

Es importante comprender que grabar una agresión no es un acto pasivo. Implica una forma de participación que contribuye a la amplificación del daño. La presencia de una audiencia modifica la dinámica del evento, refuerza la conducta del agresor y profundiza el impacto en la víctima. La violencia, en este sentido, se convierte en un fenómeno colectivo.

La prevención requiere comprender que estos eventos no son incidentes aislados, sino manifestaciones de dinámicas psicológicas y sociales complejas. La educación emocional, el desarrollo de la empatía y la supervisión del uso de redes sociales son elementos fundamentales para reducir estos comportamientos. Asimismo, es esencial que los adultos, tanto en el entorno familiar como escolar, no minimicen estos eventos y comprendan su impacto real.

La violencia escolar en la era digital no solo ocurre en el momento de la agresión. Continúa en cada reproducción, en cada observador y en cada espacio donde el evento es compartido. Comprender este fenómeno desde una perspectiva psicológica y forense permite dimensionar su gravedad y la necesidad de intervenir de manera temprana. La violencia no debe ser normalizada ni convertida en espectáculo. Debe ser comprendida, atendida y prevenida, reconociendo que sus efectos pueden extenderse mucho más allá del momento en que ocurre.

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