"Arrebatar el lugar que nos corresponde: Mujeres, justicia y el derecho a ejercer el poder desde la psicología forense"
En los pasillos fríos de los juzgados, en las salas de audiencias, detrás de los expedientes, carpetas de investigación y dictámenes, hay una presencia que históricamente ha sido marginalizada, subestimada o simplemente invisibilizada: la de las mujeres profesionales. En particular, en disciplinas como la psicología forense una intersección compleja entre la ciencia, la subjetividad y el poder, las mujeres hemos tenido que abrirnos paso a fuerza de lucha, resistencia y excelencia.
El ámbito jurídico no es solo un espacio profesional; es un dispositivo de poder. Y como tal, ha sido tradicionalmente ocupado y dirigido por hombres y lo masculino. No es casualidad que los arquetipos del juez imparcial, del abogado exitoso o del experto forense tengan aún una fuerte figura masculina. Estos espacios han sido construidos sobre una lógica patriarcal que valora la razón por encima de la emoción, la objetividad (supuestamente neutral) por encima del cuidado, y la jerarquía por encima de la colaboración. Es decir: todo lo que históricamente se ha asociado a lo masculino, a los fuertes.
Las mujeres que decidimos habitar este terreno no solo enfrentamos la sobreexigencia de demostrar competencia, sino también la carga simbólica de irrumpir en un lugar que no fue pensado para nosotras, y que se siente incomodo con nosotras.
En la psicología forense, la experiencia no es diferente. A pesar de ser un área en la que muchas mujeres se han formado con rigurosidad, es frecuente que nuestras valoraciones sean cuestionadas más duramente, nuestras trayectorias sean invisibilizadas y nuestras decisiones profesionales sean leídas desde prejuicios de género. Nos exigen neutralidad, mientras toleran la parcialidad masculina como norma. Nos piden pericias "objetivas", mientras nos imponen un sistema de justicia que ha naturalizado la violencia de género.
Es aquí donde debemos denunciar que el llamado a la profesionalización no puede ser una trampa que nos obliga a adaptarnos a los moldes masculinos del saber, sino una oportunidad para transformar los modos de ejercer el poder, de construir conocimiento y de intervenir en el mundo jurídico.
Hablar de feminismo en el ámbito jurídico implica también hablar de toma de espacios. No solo físicos, sino simbólicos y políticos. Arrebatar lugares en tribunales, universidades, institutos forenses o en la creación de políticas públicas no es un acto de ambición individual; es un acto colectivo de justicia. Porque donde hay una mujer con voz, hay una posibilidad de romper con la impunidad, de nombrar la violencia, de poner en crisis las lógicas que sostienen la desigualdad.
Nosotras no pedimos permiso: irrumpimos. Ocupamos. Interpelamos. Y al hacerlo, resignificamos lo que significa ser experta, ser autoridad, ser profesional.
A las mujeres en el ámbito jurídico se nos exige ser tres veces más competentes para recibir la mitad del reconocimiento. Esta lógica meritocrática no solo es injusta, sino funcional al patriarcado. Porque no se trata solo de "ser buenas en lo que hacemos", sino de que nuestro saber sea legítimo, creíble, respetado. El reconocimiento de nuestras prácticas no puede depender de nuestra capacidad de adaptación al canon masculino, sino de nuestra potencia para transformar lo que se considera saber válido.
El feminismo no solo nos llama a ocupar el poder, sino a transformarlo. A desmontar las lógicas jerárquicas, a visibilizar los saberes situados, a construir redes de apoyo “entre mujeres, a llevar al centro del sistema jurídico la ética del cuidado, de la escucha, del respeto por las subjetividades.
Desde la psicología forense, desde el activismo, desde la docencia o la práctica profesional, nuestra tarea no es adaptarnos, sino disputar y arrebatar espacios. Porque no se trata solo de estar en el sistema, sino de desmantelarlo y reconstruirlo con justicia feminista y con perspectiva de género.
Comentarios
Publicar un comentario